
Hace mucho calor, las cosas comienzan a oler mal. El tarro de basura rebalsa, es un laboratorio de hongos pelusientos.
Cuesta adivinar los dibujos de los azulejos, no se distinguen si son cruces o flores. El film de grasa y aceite empapela cada milímetro de la cocina. La montaña de platos sucios alcanzó la considerable altura de 20 centímetros por sobre el nivel de la mesada, cualquier microbio que llegase a la cumbre bien podría sentirse orgulloso de la conquista.
Desde la canilla, una gota cae precisa cada dos segundos, se estrella en la cúspide vidriada e interrumpe la monotonía musical del fluorescente. Gota, zumbido, gota. Zumbido, gota, zumbido. Bis – bis.
Pienso en la gota, que maltrecha por el estampido se pasea por los declives de la loza hasta encontrar el drenaje. Parte de su cuerpo se pierde en el trayecto, parte se lanza hacia un mundo oscuro y desconocido, el mundo del sifón; ahí la espera un colchón de basura que amortigua el golpe. Duerme panza arriba hasta filtrarse, luego se acopla a un río turbio que viaja por la cañería, sigue camino por la red cloacal hasta alcanzar el desagote y por fin el mar, donde gotas como éstas encuentran su libertad.
Llega una mosca y se posa en mi oreja, vuelvo a la realidad. Es verde, hinchada de gorda, brillante hasta la repugnancia. La veo por el espejo de enfrente. Estiro el brazo hasta alcanzar un trapo viejo que está en la otra punta de la mesa, lo enrollo formando un chorizo de tela (siempre con movimientos lentos para disimular la intención asesina) y cuando menos lo espera suelto un latigazo que acierta de lleno en su exoesqueleto. Reventada, con las tripas desechas, cae redonda al piso, mueve sus alitas en el último intento de huida, en vano. Que mundo el suyo... si yo fuera mosca y me encontrara en un spá tan genial como mi cocina estaría igual, gorda y verde. Y si viera a un tipo sentado, inmóvil, lo primero que haría sería posarme en su oreja y echarme una buena cagada. Molestar hasta la muerte. Me pregunto si habrá cosa más insulsa que nacer insecto. En eso, una cucaracha pasa corriendo bajito y se esconde bajo la heladera. Otra me trepa el pié y se escabulle por la botamanga del pantalón. La desesperación no se hace esperar, siento esa inmundicia recorriendo toda mi pierna, el culo, los testículos. Es una y parecen veinte, Dios mío! Siento 20 dentro de los pantalones! No me dan las manos para desabrocharme el cinto. Intento sacar una pierna del pantalón y me llevo puesta una silla, comienzo a perder el equilibrio y a dar saltitos sin dirección, tiro dos sillas mas, resbalo en un charco de leche podrida y con las manos avocadas en rechazar la cucaracha ni siquiera atino a detener el golpe inminente. Como un martillo, golpeo con la cabeza el espejo del modular haciéndolo añicos y caigo al piso. Me toco la cabeza y la siento húmeda, es sangre. A mi lado, el cadáver de la mosca. En la planta del pié, la culpable del accidente hace sus últimas cosquillas y se va al encuentro de sus colegas debajo de la heladera. Si algo de patético le faltaba a esta mugre de escenario era que la pila de platos sucios se desplomara sobre mi cara, y así fue. Inmóvil, tendido en el piso, en la infección del piso, con el cuerpo frágil como una gota de agua me fui hundiendo en una oscuridad circular. El tubo fluorescente parpadeó junto con mis ojos hasta apagarse, en una soledad insoportable.