Los almitas asoman sus narices frías cuando la ciudad coincide en sueño. Esos minutos que a veces son segundos o milésimas, bastan para que concreten su trabajo, descolgar estrellas del cielo y esconderlas en su guarida.
No les puedo explicar la sensación que me envolvió la noche que vi a un almita bajar una estrella, o mejor dicho, si puedo explicarles, pero no sé si van a creerme...
Trabajo como sereno en un local de artículos para el hogar. Es un trabajo rutinario, solitario, como todos sabemos. La falta de compañeros ayuda a que los párpados pesen plomo y venza el sueño.
Hace 1095 días, o tres años, el sueño me había derrotado como de costumbre. Un perro callejero me despertó con un ladrido agudo, al borde del aullido, salí a la vereda y lo reté como a un niño, pero en idioma perruno - ¡Cáchilo! ¡Fuira de ahí! - se calló de mala gana, protestando quejidos y estornudos.
Respiré profundamente la noche, me parecía hermosa “alguien debería de haberle puesto silenciadores a las gargantas de los sapos y a los escapes de los autos” pensé mientras sonreía de gozo. “Que paz” dije a la noche y di un giro sobre mis talones para volver al trabajo, fue ahí cuando lo vi… el cuerpecito blanco y pululante del almita subió al cielo enroscándose como un tirabuzón hasta hacerse un punto alfiler a la vista. Luego desapareció por completo.
El perro, que se había ubicado imperceptible a mi derecha, aulló a la luna apuntando el hocico en dirección contraria a donde buscaban mis ojos, entonces me sumé a la perspectiva. Una estrella se despintó del cielo; había visto estrellas fugaces, sobre todo en campo abierto, pero esta no desaparecía perdiéndose en el abismo, sino que caía en picada hacia la tierra, más precisamente en dirección donde yo estaba. Entonces el estallido, me temblaron los huesos, fue un espasmo terrible. El impacto destelló un fogonazo que volvió blanco todos los objetos de alrededor. El universo concebido, tan material, tangible e invulnerable, inexorablemente ligado a mi existencia, había dejado de ser tal para volverse un blanco purísimo, primitivo. Todo este gran desorden transcurrió en el silencio mas puro. Tamaño desorden a la retina y ninguna vibración que me cosquilleara el tímpano para decirme (si, todo esto ocurrió en verdad)
Lentamente las cosas comenzaron a recobrar sus formas y colores. Las calles volvieron a ser calles, los edificios, edificios, la esquina volvió a tener su antiguo buzón, su vereda desprolija y yo, con mis manos reapareciendo ante mis ojos, volví a ser.
Todo fue lo de antes, salvo el humo blanco, repleto de pequeñas y crispantes partículas azules, eléctricamente azules, que escapaba de una alcantarilla cercana. Fui hasta allí, levanté la tapa de hierro y descendí, sintiéndome por primera vez en la vida como una hormiga bajo toneladas de pavimento, tierra y cemento.
Busqué algún encendedor o cerilla en los bolsillos, algo que me ayudara a trazar el mapa tubular y subterráneo donde me hallaba. Había olvidado todo en el paquete de cigarrillos, dentro del local donde trabajaba.
La oscuridad era sepulcral, mis manos eran mis ojos, así avancé a tientas hasta que vi pasar a un almita resplandeciente, unos 200 metros más adelante. Lo seguí haciendo el menor ruido posible. Al llegar a una bóveda-laboratorio se detuvo, uniéndose a varios almitas mas que, aparentemente, trabajaban en algo que comprendí luego.
De rodillas, oculto detrás de unas grandes cañerías, los observé por largo rato.
- Chriiii chriiii woko olimmm.
- Baaaa shi friiiiiiiiic.
- Chriiiiii xiam xiam xiam.
Chirriaban en su idioma incomprensible, pululaban enérgicos alrededor de pedazos de estrellas que se apoyaban en una especie de mesas compactas y cuadradas.
Algunos simplemente conversaban, otros envolvían en aluminio pedazos incandescentes de estrellas, calculé, con el objeto de enfriarlas, y más alejados, en el fondo de la bóveda, un grupo de almitas desenvolvían los paquetes de aluminio y, mediante instrumentos punzantes, reducían a polvo los astros celestes ya enfriados. El polvo obtenido era depositado en pequeños tubos de vidrio, tal cual los de laboratorio.
Cuando estaba completamente compenetrado en el alocado escenario, algo peludo me rozó el pié, era una gran rata, gorda, cerdosa. Del susto y la impresión, pegué un estampido y fui a dar un cabezazo involuntario contra las tuberías que colgaban del techo, el golpe sordo hizo eco de mi presencia.
Los almitas habían dejado de hacer sus labores y, unánimemente, me observaban con sus grandes ojos violetas.
Comenzaron a chirriar:
Primero uno
- Whuni i -i -p.
Luego otro
- Fe fe iiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
Y otro
-Iaaaaa quiiiiiiiiiium.
Y llegó un momento en que me pareció que todos chirriaban debatiendo qué hacer conmigo.
Ni siquiera atiné a correr, quedé petrificado, esperando que el jurado dictamine sentencia. Uno de ellos se acercó y me apoyó su manecilla helada sobre el hombro. Esperando lo peor, le supliqué que no me hiciera daño. Con la otra mano tapó mis ojos y viajé, o tal vez no, a un plano distinto del que sabe mi existencia; el caso es que me encontré flotando en el cosmos, el planeta Tierra se veía esférico, distante, y fui testigo de las acciones de los almitas, los vi robar estrellas y llevarlas hacia la Tierra. La imagen se tornó familiar cuando comprendí el significado: la Tierra “un óvulo”; las estrellas “el fertilizante de la vida”. Luego un talco estelar envolvió la atmósfera y todo germinó sin respiro.
Cuando volví en si me encontré parado en la vereda del local donde trabajo, sosteniendo un tubito con polvo estelar en la mano.
Sonó el celular, era mi novia, llamaba para darme la mejor noticia jamás recibida... estábamos esperando un bebé.
Nuestro pedacito de estrella se llama Santino, tiene ya dos años y tres meses.
A poco tiempo de nacer, recuerdo latente, emitió sus primeros sonidos
- Wiki aia friiiiiiiiiiii…
Todo, menos la cabeza.
jueves, 14 de mayo de 2009
Había olvidado la carnada arriba de la mesa, en el garge, en el estante de arriba, en algún lugar de su mundo. Los anzuelos colgaban alocados y desnudos al viento, que los mordía en dirección sur. Revisó cada recoveco de la camioneta, puso la mano en la pera intentando recordar e hizo agua en el esfuerzo.Lejos de ocultar a los peces, el agua los delataba en sus más tímidos movimientos. Se los veía bien alimentados, grandes, como gustan ser pescados. La belleza del paisaje respondía directamente a la ausencia del hombre. Las palmeras meneaban sus melenas copiosas del suave oleaje del mar. Golpeando contra las rocas costeras, un frasco oscuro, carcomido por la sal, era el único reproche a la pulcritud de la playa.
Los cormoranes volaban en círculos sobre la cabeza del pescador. En el alboroto lograron llamar su atención, en cierto momento le pereció ver que la bandada se alineaba de tal manera que, uniendo a cada individuo con el trazo de la imaginación, formaban la pululante figura de un pez ceniciento en contraste con el azul profundo del cielo. La figura duró algunos segundos, luego se desintegró en un bombardeo plumífero que arremetía contra la mar y se alzaba en vuelo apesadumbrado por el peso adicional de los besugos.
El llamado del cardumen era tan irresistible que hasta creía verlo en las nubes; pero su torpe memoria mantenía los anzuelos desiertos. Maldijo entre dientes el agujero de su cabeza y repasó la búsqueda entre sus pertenencias.
Trató de encontrar algún cangrejo, pero se habían tomado vacaciones mar adentro, al igual que los cornalitos y demás bichos posiblemente útiles para cebo.
Husmeó en la orilla, debajo de las rocas, entre las algas, y hasta sistemáticamente, en sus bolsillos. La paciencia, frágil estructura en caída libre, acababa de encontrar el fondo haciéndose añicos.
En un ataque de ira tomo la caña y lanzó con violencia un tiro que, en vez de ganar distancia, gano espectacularidad en altura, tuvo que hacerse sombra con la mano para divisar la plomada que parecía tragada por el sol. Cuando la gravedad la devolvió, cayó a pocos metros suyo, exactamente donde el cardumen de peces. Rió nervioso por lo tragicómico de la situación “había hecho cientos de quilómetros, había encontrado el paraíso de los peces; ahí estaba, con el mar y el cardumen haciéndole cosquillas en los pies, y el muy estúpido con un montón de tanza, plomo y acero sumergido en el edén, o detalle: sin carnada”. El sacudón de la tanza lo volvió de sus pensamientos, se hizo presente con firmeza en su dedo índice e instantáneamente comenzó a enrollar. Tres peces habían mordido su destino, unido al pescador y a su saña. Sostuvo incrédulo entre sus manos las apreciables piezas.
Con el segundo lanzamiento vinieron tres mas, situación que se repitió una y otra vez en un tire y junte incesante, en un permanente chapotear de aletas que no se resignaban a abandonar el mar y se anclaban con desespero a la arena mojada, testigo casual de la lucha vana, que terminaba irremediablemente en el depósito de plástico, estertores por medio, en el apagar piadoso de la muerte.
La emoción no le cabía en el pecho, no lo dejó pensar en lo ilógico de la pesca hasta agotado el stock. El recuento sumó veinticuatro pescados de inmejorable tamaño y condición. Extenuado, se desplomó en la arena y ahí quedó, pensativo, mirando la otananza.
Cuando la luna decidió retirar la marea emergió el primer cangrejo. El pescador lo vio dirigirse a toda prisa detrás del frasco oscuro, que había quedado varado entre las piedras; con ayuda de sus pinzas logró echarse el frasco al lomo y caminar los cinco metros distantes hasta pescador. Lo depositó al alcance de su mano y luego se fue, ya interesado en los bichos que encontraba a su paso. Sin demaciada sorpresa, el pescador encontró en el interior del recipiente las lombrices rojas que había seleccionado minuciosamente y que accidentalmente, había olvidado en su casa.
A la mañana siguiente despertó temprano para ir a pescar, revisó los preparativos y efectivamente, había olvidado incluir en ellos al frasco oscuro con la carnada viva, que yacía expectante en la pileta del lavadero.
La pesca fue exitosa.
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Cochino Asesino (De la saga Almasucias y Uñasucias)
miércoles, 29 de abril de 2009

Los Almasucias están asustados, la red de redes, sus cajas bobas, radios y periódicos, les taladran la cabeza con los estornudos del porcino. Parece que no son inmunes, como lo son al hambre, al resfrío del chancho. He aquí el pánico horroroso. Cada cual en su casa y saraza saraza. En familia, todos espían por las ventanas las calles bacías. Aislamiento total, no shopping, no cars, no juntarse a tomar el té y ni hablar de salir de putas los domingos a la noche por los barrios bajos de la ciudad. La cosa no es tan fácil en el encierro, si por una de esas casualidades un Alma de la familia llegara a insinuar un estornudo, los demás no dudarían en expulsarlo de un zopetón al nosocomio mas cercano; entonces todos contienen las ganas, respiran hondo y ahí se quedan, con los ojos irritados y la nariz de payaso.
Prenden la tele para alimentar al susto mientras llenan la barriga con cualquier cosa que no sea cerdo. El momento cumbre llega cuando revelan las cifras: 27 casos no confirmados en Argentina, 23 oficialmente confirmados en México, 7 no confirmados en Brasil, bis-bis. Se les atraganta la comida y no pueden toser el ahogo, porque si TOS: NOSOCOMIO.
Los Almasucias, que venían agotados de la guerra contra el mosquito (terribles bombas químicas, nubes tóxicas de raid, sequía de cuanto charco quedara tras la lluvia) deben enfrentar ahora al porcino asesino, “no es justo” se dicen para sí mientras niegan con la cabeza.
Mientras tanto, los Uñasucias guerrean contra el hambre, sumadas las mismas enfermedades y otras (de poco interes porque "allá lejos")
Si señor, peléan allá afuera, donde los Almasucias no los ven. Años guerreando a la vuelta de la esquina, en aquella “Suciaprovincia” o en aquel “Suciopaís”. Llevan centurias siendo vencidos, día tras día, sin que su guerra eterna provoque el espanto de los Almasucias.
Pero dejemos de banalidades porque acá lo importante es la cochinada.
Parece que la capacidad de HORROR del Almasucia responde a sus propios intereses.
Nota del Autor:
Si, también estoy asustado...
Prenden la tele para alimentar al susto mientras llenan la barriga con cualquier cosa que no sea cerdo. El momento cumbre llega cuando revelan las cifras: 27 casos no confirmados en Argentina, 23 oficialmente confirmados en México, 7 no confirmados en Brasil, bis-bis. Se les atraganta la comida y no pueden toser el ahogo, porque si TOS: NOSOCOMIO.
Los Almasucias, que venían agotados de la guerra contra el mosquito (terribles bombas químicas, nubes tóxicas de raid, sequía de cuanto charco quedara tras la lluvia) deben enfrentar ahora al porcino asesino, “no es justo” se dicen para sí mientras niegan con la cabeza.
Mientras tanto, los Uñasucias guerrean contra el hambre, sumadas las mismas enfermedades y otras (de poco interes porque "allá lejos")
Si señor, peléan allá afuera, donde los Almasucias no los ven. Años guerreando a la vuelta de la esquina, en aquella “Suciaprovincia” o en aquel “Suciopaís”. Llevan centurias siendo vencidos, día tras día, sin que su guerra eterna provoque el espanto de los Almasucias.
Pero dejemos de banalidades porque acá lo importante es la cochinada.
Parece que la capacidad de HORROR del Almasucia responde a sus propios intereses.
Nota del Autor:
Si, también estoy asustado...
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Ver otras historias de la saga: La buena Acción del Almasucia - Conferencias de Almasucias
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Osita
viernes, 3 de abril de 2009

Osita del campo, miel clarita, frutas del bosque...
Es tan linda y todos me dicen que no, que tiene cara de pájaro. Y puede ser, porque los pájaros son tan lindos, tan como ella. Me gustan los pájaros, me gustan como cantan en las jaulitas de mi rancho.
Y estos déspotas que me quieren borrar del mapa. Ahora me tengo que estar escondiendo en este boliche de mala muerte lleno de mugre.
Decile al de la barra que me traiga un whisky, Osita.
El señor de aquella mesa no me gusta nada. Intuyo que sabe algo. No se, se toca el bigote a cada rato y eso es de poco confiar.
Puajjj!!! Esto esta hirviendo, Osita. Tomá, que le pongan mas hielos, andá, andá.
¿Hasta cuando voy estar acá tirado?... Se me está poniendo fea la herida, che.
Estos tipos no se cansan, no van a dormir hasta encontrarme, huelen la caroña a kilómetros, como las comadrejas. Me preocupa mi familia, la Aurora, viejita mía, es tan frágil, como una ramita de otoño, tan desnuda y frágil. Si la llegan a tocar... ya van a ver si la lastiman.
Gracias Osita, sos tan linda. Vení, acostate acá, al lado mío. ¿Por que no? ¡Acostate te dije! Por favor, necesito oler tus cabellos que huelen al trigo después de la lluvia , al campo y a los girasoles. Vení, dejame que te huela así se me cura esta herida inmunda.
¡Rajá, rajá de acá !Nada de esto estaría pasando si no fuese por tu culpa. Vos tenés la culpa de la herida y de que está acá tirado cada vez mas cerca de la parca. ¿Me está esperando sabés? Cuando te fuiste a ponerme mas hielo se me arrimó y me quitó el aliento, decí que volviste pronto y se espentó. A vos no te quiere, sos demasiado joven y linda, y aire de las sierras, y ventisca de los glaciares.
Me lastimás tanto Osita... a veces me pregunto si tenés alma ¿sabés?
No llores Osita... Perdoname, yo te quiero, che.
Sos linda cuando lloras, se te pone la puntita de la nariz colorada y los ojos mas verdes. Dejame acariciarte, acercate. Vení.
Como quisiera volver el tiempo atrás, cuando me esperabas con las empanadas de cordero y me servías el vino tibio y compartíamos el fogón ardiendo reflejando en la ventana del rancho. Adentro el calor de nuestro nido, afuera las montañas, la nieve eterna predestinando nuestros corazones.
Esta herida me va a terminar matando, che. Me duele mucho.
Si, podés. Andá. No tardes mucho que el calor de tu cuerpo se pierde enseguida y necesito sentirlo. Después tenés que ayudarme a mí a llegar hasta el baño, no creo que pueda solo, pero andá, apurate.
A estas alturas deben estar despistados y agotados, seguro hacen una pausa hasta mañana, y para mañana ya voy a estar en mi Chile hermano, en medio de los Andes, con la tranquilidad de no tener a esos perros pisándome los talones.
El tipo de los bigotes sigue ahí, no es peligroso como pensaba, si no ya hubiese actuado.
Osita, te extrañé tanto, echate de nuevo que tengo frío, debo haber perdido mucha sangre. Dale, vení. ¿Que te pasa Osita? ¿porqué me miras así? Soy yo, tu Lobo guardián, tu refugio en la patagonia ¿te da asco la sangre? No te preocupes, creo que está cesando la hemorragia.
Osita... ¿qué te pasa?
No. Decime que no. Decime que es cierto que fuiste al baño y no que...
Osita de mierda!!!
Guarden esas armas, podemos conversar. Todo se puede arreglar.
Hija de mil puta!!!
No, no, no por favor!!! No me maten!!!
Te amo tanto Osita... perdoname, si te rapté durante todos estos años fue porque te amaba como el loco a su fantasía, como el fuego al leño, como la hierba al...
O- si- ta – a ...
Es tan linda y todos me dicen que no, que tiene cara de pájaro. Y puede ser, porque los pájaros son tan lindos, tan como ella. Me gustan los pájaros, me gustan como cantan en las jaulitas de mi rancho.
Y estos déspotas que me quieren borrar del mapa. Ahora me tengo que estar escondiendo en este boliche de mala muerte lleno de mugre.
Decile al de la barra que me traiga un whisky, Osita.
El señor de aquella mesa no me gusta nada. Intuyo que sabe algo. No se, se toca el bigote a cada rato y eso es de poco confiar.
Puajjj!!! Esto esta hirviendo, Osita. Tomá, que le pongan mas hielos, andá, andá.
¿Hasta cuando voy estar acá tirado?... Se me está poniendo fea la herida, che.
Estos tipos no se cansan, no van a dormir hasta encontrarme, huelen la caroña a kilómetros, como las comadrejas. Me preocupa mi familia, la Aurora, viejita mía, es tan frágil, como una ramita de otoño, tan desnuda y frágil. Si la llegan a tocar... ya van a ver si la lastiman.
Gracias Osita, sos tan linda. Vení, acostate acá, al lado mío. ¿Por que no? ¡Acostate te dije! Por favor, necesito oler tus cabellos que huelen al trigo después de la lluvia , al campo y a los girasoles. Vení, dejame que te huela así se me cura esta herida inmunda.
¡Rajá, rajá de acá !Nada de esto estaría pasando si no fuese por tu culpa. Vos tenés la culpa de la herida y de que está acá tirado cada vez mas cerca de la parca. ¿Me está esperando sabés? Cuando te fuiste a ponerme mas hielo se me arrimó y me quitó el aliento, decí que volviste pronto y se espentó. A vos no te quiere, sos demasiado joven y linda, y aire de las sierras, y ventisca de los glaciares.
Me lastimás tanto Osita... a veces me pregunto si tenés alma ¿sabés?
No llores Osita... Perdoname, yo te quiero, che.
Sos linda cuando lloras, se te pone la puntita de la nariz colorada y los ojos mas verdes. Dejame acariciarte, acercate. Vení.
Como quisiera volver el tiempo atrás, cuando me esperabas con las empanadas de cordero y me servías el vino tibio y compartíamos el fogón ardiendo reflejando en la ventana del rancho. Adentro el calor de nuestro nido, afuera las montañas, la nieve eterna predestinando nuestros corazones.
Esta herida me va a terminar matando, che. Me duele mucho.
Si, podés. Andá. No tardes mucho que el calor de tu cuerpo se pierde enseguida y necesito sentirlo. Después tenés que ayudarme a mí a llegar hasta el baño, no creo que pueda solo, pero andá, apurate.
A estas alturas deben estar despistados y agotados, seguro hacen una pausa hasta mañana, y para mañana ya voy a estar en mi Chile hermano, en medio de los Andes, con la tranquilidad de no tener a esos perros pisándome los talones.
El tipo de los bigotes sigue ahí, no es peligroso como pensaba, si no ya hubiese actuado.
Osita, te extrañé tanto, echate de nuevo que tengo frío, debo haber perdido mucha sangre. Dale, vení. ¿Que te pasa Osita? ¿porqué me miras así? Soy yo, tu Lobo guardián, tu refugio en la patagonia ¿te da asco la sangre? No te preocupes, creo que está cesando la hemorragia.
Osita... ¿qué te pasa?
No. Decime que no. Decime que es cierto que fuiste al baño y no que...
Osita de mierda!!!
Guarden esas armas, podemos conversar. Todo se puede arreglar.
Hija de mil puta!!!
No, no, no por favor!!! No me maten!!!
Te amo tanto Osita... perdoname, si te rapté durante todos estos años fue porque te amaba como el loco a su fantasía, como el fuego al leño, como la hierba al...
O- si- ta – a ...
Calipso show
lunes, 30 de marzo de 2009
El asfalto ardía con las tres de la tarde; las casas desmayadas, dormían la siesta a pestañas cerradas protegiendo sus cristalinos del sol intratable.Las hormigas coloradas corrían histéricas sobre las baldosas hirvientes para no quemarse las patas; la presa, una mosca muerta de sed.
Los gatos a la sombra de los autos, los autos a la sombra de las plantas, las plantas, de vez en cuando, a la sombra de alguna nube pasajera.
El pueblo panza arriba, en una siesta sepulcral.
Reinaba el silencio, el cansancio de los estómagos llenos y la vigilia de los pequeños.
Como tantas otras tardes, los pequeños esperaban el sonido de los despertadores de sus padres jugando en voz baja, imaginando en silencio las cosas mas increíbles, esperando ansiosos la hora de salir afuera, de la pelopincho del patio, del encuentro con los amigos del barrio donde se andaba en bicicleta, se jugaba al fútbol, a las escondidas, a lo que se inventara en el momento.
El silencio de esa tarde se quebró para siempre con la llegada de Calipso.
Una decena de vagones tirados por un viejo Mercedes Benz que articulaba mil sonidos mientras se paseaba tortulento anunciando su llegada triunfal por el altoparlante:
“Damas, caballeros y niños... desde ninguna parte llega el gran circo gitano... Calipso!!!. Bestias abominables, hombres monstruos, acróbatas suicidas y la risa desopilante de los payazos Puntiagudos. Este domingo primera función. Entradas en venta desde 15 pesos...!!!”
Los niños aparecieron como espectros a lo largo y ancho del pueblo. Eran ojos grandes hechizados por los colores descascarados de la caravana maltrecha.
Dicen que en los pueblos las gentes son mas buenas, mas mansas, y algo de cierto hay, pero ese día algo extraño sucedió; al último acoplado se le sumaba un enjambre de niños locales que, corriendo o en bicicleta, agitaban al grupo de enanos que viajaban en cola de la carabana, los apedreaban y apaleaban y vociferaban todo tipo de bromas sobre sus dimensiones. Los brazos cortos asomaban por entre las rejas tratando de agarrar a los sabandijas agresores, hasta que un palazo los devolvía al interior.
El susto se lo llevaron cuando el camión clavò los frenos y la puerta del vagón de los enanos cayó al asfalto dejando face to face a los contrincantes. El conductor de la màquina, un viejo alto y flaco de pelos blancos achicharrados, se sumó al conflicto látigo en mano.
Los niños llegaron a sus casas chorreando mocos en sus caras sucias de espanto. Los comentarios no tardaron en aparecer: que los leones eran enormes y los alimentaban con perros, que los payasos eran diabólicos y los hombres raros miraban con odio a los niños; pero por sobre todo, que esos enanos inmundos habían agredido a los pequeños sin mesura.
El intendente hizo oídos sordos, sabía como eran las cosas y además, estaba el adorno del circo, que era bastante acaudalado como para atender reclamos insensatos del pueblo.
Finalmente el el circo se armó en la vieja estación de ferrocarriles ... La carpa principal, imponetente, con sus dorados y púrpuras a rayas apuntando al cielo, los banderines agitándose al viento. En la punta, rayando las nubes, una bandera negra, como anticipando la guerra.
El predio se había transformado en un mundo fantástico donde personajes bizarros ensayaban sus números correspondientes.
En la calle se decía que los enanos hacían pesas todo el tiempo, y que seguramente, mientras sus bolos musculares iban en aumento, no dejaban de pensar en los pequeños del pueblo.
Calmados los ánimos, no había niño que quisiera perderse la primera gran función; después de todo sus padres se harían cargo de los enanos si se armaba la gresca.
A las 10:00 en punto, los payasos Puntiagudos comenzaron el espectáculo haciendo y diciendo todo tipo de disparates. Siguieron los domadores, entre los cuales estaba el hombre alto del látigo. Vinieron los acróbatas, la adivina, el hombre llama, el hombre lobo, el de las cuatro manos, los malabaristas y por último los contorsionistas transexuales.
Los enanos vendían bebidas y golosinas entre el público presente. Las miradas se trenzaban odiosas entre vendedores y niños y todo hacía prever el desastre inminente. Y así fue, a poco de culminar la función uno de los niños no resistió la tentación y vació un baso de gaseosa en el hueco del calzoncillo de un enano que se había agachado a recoger unas monedas y que dejaba entrever el comienzo de las pequeñas y peludas nalgas. Hubo agarradas de pelos, trompadas, patadas e insultos. Pueblo contra circo.
La policía local puso punto final.
Al causante del conflicto le prohibieron la entrada a la próxima función.
La noche quedó en calma. El cielo ayudaba desplegando sus constelaciones a todo esplendor. La paz se extendió hasta la siguiente puesta en escena, cuando el animador del circo se presentó sin música alguna, con la seriedad de un águila imperial, y comunicó la mala nueva: “Los enanos han desaparecido, nadie ha visto nada, nadie sabe que pasó... pequeños demonios!!!”
Los padres miraron a sus niños, los niños dijeron “no fui yo”.
Calipso echó al público presente y la adivina apareció entre bambalinas y soltó una maldición a los chicos de la población.
Siete días reclamaron a sus enanos frente a las autoridades del pueblo y nada; las investigaciones hacían agua, los niños juraban que ellos NO.
Los años pasaron desde aquel entonces y el pueblo nunca más durmió la siesta en paz. Aun hoy, por las tardes, se pueden oír murmullos deformes que llegan con el viento desde la laguna detrás del pueblo.
Los cientos de niños de esa época envejecieron naturalmente, pero conservando la misma altura que tenían en aquella última función. Ninguno pudo borrar de su memoria palabra alguna de la vieja maldición.
Juego de Alimañas en San Telmo
viernes, 30 de enero de 2009

El verano hincha los adoquines de una calle de San Telmo.
- Me tenés los adoquines hinchados, verano – diría San Telmo.
El vaho tiembla el aire.
Una disputa celosa juega ping pong entre dos edificios enfrentados, separados entre sí por la calle que arbitra el partido, hace de red y sanciona el cruce corpóreo dejando colar solamente las palabras a grito pelado.
Desde las ventanas distantes, con un lenguaje verdaderamente animal, comienza el partido:
- Vos sos un Moscabeja, hoy me mandás a la miércoles y mañana me tiras con flores!!! Ponete de acuerdo, o mosca o abeja.
- Y como querés que trate a una Luciernagata como vos, que en plena luna llena se florea por la vecindad con cuanto Caballornero se le cruce.
- Vos crees que por tener un cargo municipal podés llevarte a todos por delante. ¡Acaso te crees Gorilagarto!
- Momentito. Que yo sea delegado de San Telmo y sus adoquines hirvientes no-te-da-de-re-cho a llamarme Gorilagarto. ¡Vacaraña de cuarta!
- Sos pesado como Orcaballo, che. Debe venir por parte de padre.
- No te metas con Papagayo eh! Que yo soy mas javaliebre que cualquiera; no se me escapa ni una, y eso a vos no te conviene porque no podés florearte tranquila.
- Pensá lo que quieras Moscabeja.
- ¡Eh, che! No cierres la ventana Luciernagata. Que te pensás. Ma” si...
La rabieta crispa el aire estival, que caliente de por sí, se eleva unos 3 grados por encima del pronóstico anunciado.
Partido culminado, triunfa Moscabeja por abandono de Luciernagata.
En Santelmo suceden cosas así, de vez en cuando sus viejos edificios juegan ping pong, se enfrentan, se ganan, se pierden, se festejan. Laten las pasiones en grititos redondos que rebotan en la cara, en la vereda y en la cara. Cara, vereda, cara. Cara, vereda, cara. Hasta que alguno no aguanta más el calor y cierra la ventana de un sopetón.
- Me tenés los adoquines hinchados, verano – diría San Telmo.
El vaho tiembla el aire.
Una disputa celosa juega ping pong entre dos edificios enfrentados, separados entre sí por la calle que arbitra el partido, hace de red y sanciona el cruce corpóreo dejando colar solamente las palabras a grito pelado.
Desde las ventanas distantes, con un lenguaje verdaderamente animal, comienza el partido:
- Vos sos un Moscabeja, hoy me mandás a la miércoles y mañana me tiras con flores!!! Ponete de acuerdo, o mosca o abeja.
- Y como querés que trate a una Luciernagata como vos, que en plena luna llena se florea por la vecindad con cuanto Caballornero se le cruce.
- Vos crees que por tener un cargo municipal podés llevarte a todos por delante. ¡Acaso te crees Gorilagarto!
- Momentito. Que yo sea delegado de San Telmo y sus adoquines hirvientes no-te-da-de-re-cho a llamarme Gorilagarto. ¡Vacaraña de cuarta!
- Sos pesado como Orcaballo, che. Debe venir por parte de padre.
- No te metas con Papagayo eh! Que yo soy mas javaliebre que cualquiera; no se me escapa ni una, y eso a vos no te conviene porque no podés florearte tranquila.
- Pensá lo que quieras Moscabeja.
- ¡Eh, che! No cierres la ventana Luciernagata. Que te pensás. Ma” si...
La rabieta crispa el aire estival, que caliente de por sí, se eleva unos 3 grados por encima del pronóstico anunciado.
Partido culminado, triunfa Moscabeja por abandono de Luciernagata.
En Santelmo suceden cosas así, de vez en cuando sus viejos edificios juegan ping pong, se enfrentan, se ganan, se pierden, se festejan. Laten las pasiones en grititos redondos que rebotan en la cara, en la vereda y en la cara. Cara, vereda, cara. Cara, vereda, cara. Hasta que alguno no aguanta más el calor y cierra la ventana de un sopetón.
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